Cabo de Trafalgar. El sol prácticamente oculto en el horizonte. El poco que queda, cubierto por una densa capa de nubes. Ciertamente no es el mejor día para ver un atardecer. A quién le importa. Hay algo de ruido. Personas que hablan y ríen, tapando el sonido del bravo y salvaje mar chocando contra las piedras. A quién le importa. Mosquitos, muchos mosquitos, y con ganas de fastidiar. A quién le importa. Una buena compañía. La mejor. Agradable para hablar y reír, también para callar y observar. Agradable para abrazar y acariciar, también para callar y observar ( No, la repetición no es un fallo ). Cuán importante es, a veces, un silencio en el momento adecuado. Resumiendo, una compañía inmejorable. Eso sí que importa. Atardeceres hay muchos. Atardeceres con la mejor de las compañías, no tantos.
Finalmente, el sol ceja en su empeño de alumbrar. Deja paso a la oscuridad, la soledad. Sólo se escucha el mar en su continuo movimiento y...esa voz. Ya no es algo lejano, casi imaginario. Ahora es real como todo lo que hay alrededor. Se palpan los matices, la suavidad, los recovecos de cada palabra. Sinceramente, suena a melodía celestial. Cada frase fluye armoniosamente en al ambiente, llegando a mis orejas. De ahí al oído interno. De ahí a lo más profundo de mí.
¿Lo mejor? Que aún queda noche para seguir disfrutando de esa voz. Una cena. Un paseo. Cosas cotidianas, convertidas en momentos de lo más agradable. Obra y gracia de la voz. Caricias. Roces de dedos. Infinito bienestar. Felicidad absoluta. Lo que puede hacer una voz. Bueno, realmento miento. Si sólo fuera una voz...
Música eres tú
Hace 13 años
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