Apoyo un pie y después el otro. Tenso mis rodillas y tiro de mi peso. Me levanto un poco inestable. No es por lo que he bebido sino por el torrente de emociones que me embargan. Me despido con un gesto de mi mano y una sonrisa eterna, todo lo sincera que puedo hacer que sea. En ese momento, mi cabeza vuelve atrás. Mi cuerpo sigue allí, en medio de la calle desierta, pero mi mente vaga por los recuerdos de unas horas antes. Fabulosos. Deliciosos. Hipnotizantes.
Calle Larios. Montones de gente. Más que nunca quizás. Hombres lobo, vampiros, viudas negras y enfermeras satánicas. Recorro la calle. Cuando he llegado al final de repente pienso una cosa. Al principio me extraña. Después encuentro la razón. La última sensación es alegría. En todo el recorrido no había visto a nadie vestido de ángel. Pero me hago consciente de que no es que no los hubiera sino de que yo no los he visto. Cegado por la luz resplandeciente de un ángel oscuro. El que va a mi lado. Ayudándome a caminar por la calle esquivando los obstáculos que mi máscara no me deja ver. Lo que quizás ella no sabe en ese momento es que ese no es mi único paseo de esa noche. Por encima de todo; en algún lugar etéreo, superfluo, en el que nada importa, estoy haciendo mi camino hacia la felicidad. Pero lo mejor no es que haya encontrado el camino, sino que ya he llegado al final.
Moulin Rouge. No es el original. Ni falta que hace. Es un sitio pequeño, curiosamente decorado y lleno de gente. Suena la típica música de fiesta. Un poco de pop comercial y pachangueo. El ángel más bonito que haya visto nunca está allí también. Sin alas. Sin algún brillante. Pero más guapa que nunca. Y no es el legendario. La música no es su favorita, seguro que preferiría otro estilo. Pero quiero que se lo pase bien, que disfrute, que se divierta. No me importa hacer alguna tontería, decir alguna estupidez. Lo único que me importa es ver su sonrisa cada vez que la miro. Me encanta. Incluso bailo con ella. Es algo que me suele costar, no lo suelo hacer. Pero con ella todo da igual, nada importa. Pierdo la vergüenza, me lanzo, me hace sentir cómodo siempre. Siento la necesidad de darle un beso. Sabe delicioso. Seguro que soy el más feliz del Moulin Rouge.
Ford Fiesta. Verde. Asiento de copiloto. Cansado, con sueño, embobado. Contento, sonriente, a gusto. Le acaricio la pierna y le doy un beso, lo más suave que soy capaz. Me estremezco. No se lo digo, pero los pelos se me ponen de punta. Si una imagen vale más que mil palabras, este beso ha valido más que un millón de imágenes. Me traslada automáticamente a todos esos lugares que he visitado con ella. Todos esos lugares donde he vivido momentos muy especiales. Todos esos lugares que quedarán en mi memoria para siempre.
6.30 de la mañana. Me acuesto. Antes de desvanecerme sobre la cama, hago una última lectura. Buenas noches franki. Buenas noches ángel, mi ángel.
Música eres tú
Hace 13 años
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