martes, 11 de octubre de 2011

Una tetería inolvidable

Benalmádena pueblo. Delante de una estupa budista. Extraña, con la mezcla de colores y figuras que hay en su interior. Estamos allí porque quería darme la sorpresa. Veo en su cara, en sus palabras, en su tono, la decepción cuando le digo que ya había estado allí. Inconsciente de que para mí una sorpresa no es el lugar sino compartir una tarde con ella. Que, a su lado, cualquier lugar, cualquier momento, es una sorpresa única, inolvidable, simplemente maravillosa. La sorpresa ya se encarga de dármela cada día, cada mañana, cuando me despierto y miro el móvil impaciente por desearle buenos días. La sorpresa consiste en notar la vibración del móvil y notar como se sobrecoge mi corazón, impaciente por ver lo que me ha escrito.

Jardines del muro. Ls plantas dentro de esos enormes macetones. La iglesia, antigua pero cuiddosamente mantenida. Las vistas. Un lugar precioso. Al que subimos andando en vez de en ascensor. No por hacer ejercicio sino para pasear cogido de su mano. Para notar cada uno de las pequeñas presiones que su mano ejerce sobre la mía para contrarrestar el balanceo del caminar. Me encanta agarrar fuerte su mano, haciendo fuerza contra la suya. Demostrándole que siempre estaré ahí, que siempre la apoyaré.

De repente, la noto un poco triste. Le pregunto por qué, intento animarla y sacarle una sonrisa. Hago un poco el fanfarrón, digo tonterías y pongo caretos. Quizás la gente que me ve piensa que soy un payaso, pero yo encantado. El payaso de su sonrisa, el payaso de su ánimo, el payaso de su vida. Una vida que quiero compartir y pasar a su lado, una vida apasionante. Como aquellos momentos en la tetería donde, hablando del todo y de la nada, las horas eran minutos, los minutos segundos y los segundos pequeñas porciones de tiempo en las que mi corazón no podía parar de latir. Porque la quiero como a nada en el mundo.

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