sábado, 23 de octubre de 2010

Revoloteo 2

Crack. De repente, tuvo que cerrar los ojos. Una luz cegadora, intensa y afilada cual arma arrojadiza, había penetrado a través del pequeño agujero. Sin saberlo, había roto la cáscara del huevo. Su hogar hasta ahora, su único hueco conocido en el mundo, el único sitio donde se sentía seguro y confiado. Por un momento dudó. Dudó mucho. Sintió miedo, inquietud, desconfianza e incluso podría decirse que un poco de melancolía. Había estado muy agusto allí, había ejercitado mucho la mente, había reflexionado sobre muchas cosas y, en definitiva, había madurado y crecido. Claro que aún tenía que hacerlo mucho más, enfrentarse al mundo que le esperaba ahí fuera.

Tras unos últimos esfuerzos para agrandar el pequeño orificio, su vía de salida y entrada a la vez, por fin estaba fuera. Su corazón parecía que fuera a estallar en cualquier momento. Había tenido muchas emociones en poco tiempo. Primero, la fuerza del deseo, la pasión por lo desconocido que le habían empujado a salir. Después, las dudas y la incertidumbre y, finalmente, la emoción. Latiendo a mil por hora, parecía querer salir de su cuerpo y vivir su propia aventura. Afortunadamente no ocurrió. Qué haría un pájaro, igual que un ser humano, sin su corazón.

No pudo evitar tener un escalofrío. La primera cosa que le desagradó del nuevo mundo fue la brisa. Una brisa penetrante, gélida e insistente que parecía querer dejarle las cosas claras nada más llegar. Sin embargo, no tenía nada que hacer ante el entusiasmo que le había despertado su alrededor. Multitud de tonos verdes, tantos que era incapaz de contarlos, parecían florecer en su retina. Quizás sea verdad que el verde sea el color de la esperanza. Al fin y al cabo, él estaba repleto de ella ahora mismo. Esperanza por vivir cosas inolvidables ahí fuera.

martes, 19 de octubre de 2010

Luz

7.30 de la mañana. Suena el despertador. Fastidia. Un despertar tan repentino no debe ser bueno. No ha sido una mala noche, pero algo extraño se nota. Me siento raro. La garganta irritada de la tos nocturna. La rodilla con molestias después de bastante tiempo. En principio, nada que una buena y agradable ducha no pueda solucionar. Pero no, hoy no. Parece que el cuerpo ha despertado caprichoso.

Pienso en ella. Es mi forma de evadirme, de quitarme todo lo negativo de la cabeza. Me vienen a la cabeza multitud de recuerdos, de momentos del día anterior. Miradas espontáneas, caricias de manos, gominolas con forma de osito. Un beso. Perdón, EL beso. Largamente esperado, deseado, ansiado. Creía que por eso había sabido tan bien. Pero no, es simplemente porque la quiero.

Me apetece sorprenderla. Que en un momento inesperado, a punto de empezar su rutina, sepa de mí. Quiero que saque su sonrisa allí donde esté. Que le vengan a la cabeza los mismos pensamientos que yo acabo de tener. Le mando un mensaje. Simplemente con mandarlo, me ilusiono bastante.

Después, el día sigue por los mismos derroteros. La monotonía me absorbe. Escucho explicaciones, algunas más interesantes, otras más somnolientas. Pero, de repente, Luz. Noto una pequeña vibración. Ha sido en la pierna, bolsillo derecho. Pero hubiera jurado que me ha subido por todo el cuerpo, llenándome por dentro hasta llegar al corazón. De repente vuelo de allí. Me voy a otro lugar. Desconocido, pero ni siquiera me fijo en él. Allí mismo, sin poder esperar un segundo más, saco el móvil. Abro el mensaje. Lo leo. Se acaba de arreglar todo mi día. Una enorme sonrisa aparece en mi cara. Me siento genial. Te quiero :)

jueves, 14 de octubre de 2010

Revoloteo 1

Estaba oscuro. Apenas había una extraña claridad, procedente de no se sabe muy bien dónde. En realidad estaba agusto. Desde que tenía conciencia, había estado allí. De haber sabido lo que significa la palabra existir, hubiera dicho que allí fue donde empezó a existir. Al principio era un ser extraño, prácticamente inexistente, carente de forma. Sin embargo, conforme habían ido pasando los meses, fue notando los cambios en su propio cuerpo. Cada día se veía más grande, más crecido, más consciente. A los lados le estaban apareciendo unas extrañas extremidades, cada segundo, cada día, más largas y poderosas. Pero lo que más le inquietaba estaba en el mismo lugar por dónde hablaba. Allí dónde las palabras surgían, donde era capaz de expresarse (aunque aún no sabía muy bien con quién), estaba apareciendo algo duro. Muy duro. Parecía indestructible, potente, capaz de destruir cualquier cosa.

Como ya he dicho, estaba agusto allí. Sin embargo...algo ocurría en su interior. Algo tiraba de él. De no se sabe muy bien dónde, surgían unas inmensas ganas de saber qué había allí fuera, al otro lado. Allí donde, a veces, parecían oírse sonidos extraños, mitigados por la dureza ennegrecida. Allí donde, a veces, parecían oírse sonidos semejantes a los que, raramente, era capaz de expulsar a través de la dureza que tanto le inquietaba. Allí donde, para ser sinceros, sabía que al final acabaría. Sabía que era su destino. Era demasiado inquieto, demasiado intrépido como para apaciguar esa curiosidad que hacía su corazón latir. Claro que por entonces él ni siquiera sabía que era eso del corazón. Y por supuesto que él tenía uno.

lunes, 11 de octubre de 2010

Flashes

Serranía de Ronda. Grandes montañas, a veces verdosas y a veces grisáceas, allí donde la altitud provoca la falta de oxígeno y va apagando la vida poco a poco. Salpicados por ese entorno, multitud de pueblecitos. Pequeños. Casi desaparecidos. Pocos habitantes. Preciosos. Merece la pena recorrerlos, darse una vuelta por sus ancestrales calles. Durante ese paseo, se echan de menos ciertas cosas. Sonrisas, abrazos, besos...en definitiva, amor. Y es ahí cuando aparecen los flashes.

Flashes. Recuerdos de momentos especiales, agradables, inolvidables. Momentos que han quedado guardados en mi memoria para siempre. Que me hacen sacar una sonrisa nada más pensar en ellos. Que me hacen ser feliz y darme cuenta de lo bonita que es la vida. Joder, que ganas de abrazarla. Mataría por hacerlo.

Benarrabá. Camino forestal. Pequeño hotel rural a un lado. Al otro unas impresionantes vistas del valle. Rodeando, infinidad de madroños, castaños y otros frutos. Añaden color al paisaje. Añaden vida a aquel entorno. La brisa sopla, suave pero insistente. FLASH. La abrazo, pasando mi brazo sobre su hombro. Acaricio su brazo con mi mano. La brisa mece su pelo, que se posa sobre mi piel. Se mueve, me hace caricias. Saben a gloria. No puedo evitar acercarla a mí y besar su frente. Quiero demostrarle todo mi cariño.

Benalauría. Centro del pueblo. En todos los lugares donde la vista alcanza, pequeñas casitas. Blancas, cuidadas, con flores, relucientes. Se respira tranquilidad, paz, bienestar. Miro al frente. Una calle angosta. Apenas un par de metros de ancho, con macetones plagados de rosas. Rojas. La flor del amor. FLASH. La tengo abrazada. Cara a cara. Mis manos acarician su cintura. Mis ojos miran a los suyos. Puedo ver dentro de ellos. Muy muy adentro. Ambos sabemos lo que pensamos, cómo nos sentimos. Conectamos, parecemos convertirnos en una sola persona. Me encanta la sensación de fundirme con ella, parecer que sólo somos uno. Y ahí están, un poco más abajo. Sus labios.

Ronda. Pleno centro histórico. La Maestranza. Un parque. Turistas, a montones. Me asomo al tajo, para ver las sumamente impresionantes vistas. Casi tan impresionantes como ella. Ni pensarlo, ya quisiera el tajo. A mi espalda el parador. Ventanas rodeadas de hiedra. Deben tener unas vistas increíbles, preciosas, muy románticas. FLASH. Una cama, los 2 tumbados. Una conversación. Difícil de iniciar para mí, sumamente fácil de seguir gracias a ella. Hablamos. Pensamos. No sería éste mal lugar para lo hablado.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Reflejos

Más de medianoche. Un nuevo día ha empezado, aunque en realidad sigue siendo el mismo. Y esperemos que dure mucho. Hoy no es el tiempo quien establece la separación entre días, sino tú. En el momento en que me despida de ti, en el momento en que te dé el último beso, entonces habrá aparecido el nuevo día.

Parque. Históricamente bastante dejado, ahora remodelado. Usualmente vacío, hoy inundado por el ruido de personas anónimas. Da igual. La esencia sigue siendo la misma. Hojas, a mitad de camino entre el verde y el otoñal amarillo. Caminos de tierra deshechos, con agujeros formados por la lluvia incesante de este invierno pasado. Y, al fondo, el lago.

Oscuro. Terriblemente oscuro. Curiosamente, esa oscuridad le da su valor. Apenas se ve reflejada la luna. También los edificios colindantes, duplicados como por arte de magia sobre las suaves aguas. De tanto en cuanto, aparece alguna onda en el agua, rompiendo la monotonía. Son los patos. Patos salvajes, sin descanso en la noche. Cazando. Acostumbrados a vivir rodeados de visitantes.

Ellos hacen el único ruido que se oye esa noche. Además del ruido de besos. Y de abrazos. Y de sonrisas. Y de satisfacción, en definitiva. Es imposible estar más a gusto. El interior se remueve. Por un momento, parece que las ondas del lago se han traspasado a mi interior. Qué tontería. Simplemente es el corazón, que no para de latir incesante...