Crack. De repente, tuvo que cerrar los ojos. Una luz cegadora, intensa y afilada cual arma arrojadiza, había penetrado a través del pequeño agujero. Sin saberlo, había roto la cáscara del huevo. Su hogar hasta ahora, su único hueco conocido en el mundo, el único sitio donde se sentía seguro y confiado. Por un momento dudó. Dudó mucho. Sintió miedo, inquietud, desconfianza e incluso podría decirse que un poco de melancolía. Había estado muy agusto allí, había ejercitado mucho la mente, había reflexionado sobre muchas cosas y, en definitiva, había madurado y crecido. Claro que aún tenía que hacerlo mucho más, enfrentarse al mundo que le esperaba ahí fuera.
Tras unos últimos esfuerzos para agrandar el pequeño orificio, su vía de salida y entrada a la vez, por fin estaba fuera. Su corazón parecía que fuera a estallar en cualquier momento. Había tenido muchas emociones en poco tiempo. Primero, la fuerza del deseo, la pasión por lo desconocido que le habían empujado a salir. Después, las dudas y la incertidumbre y, finalmente, la emoción. Latiendo a mil por hora, parecía querer salir de su cuerpo y vivir su propia aventura. Afortunadamente no ocurrió. Qué haría un pájaro, igual que un ser humano, sin su corazón.
No pudo evitar tener un escalofrío. La primera cosa que le desagradó del nuevo mundo fue la brisa. Una brisa penetrante, gélida e insistente que parecía querer dejarle las cosas claras nada más llegar. Sin embargo, no tenía nada que hacer ante el entusiasmo que le había despertado su alrededor. Multitud de tonos verdes, tantos que era incapaz de contarlos, parecían florecer en su retina. Quizás sea verdad que el verde sea el color de la esperanza. Al fin y al cabo, él estaba repleto de ella ahora mismo. Esperanza por vivir cosas inolvidables ahí fuera.
Música eres tú
Hace 13 años